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martes, 27 de mayo de 2014

Soja sostenible en Paraguay: ¿Es posible? . DW

ESTRATEGIA

Soja sostenible en Paraguay: ¿Es posible?

Paraguay es el cuarto país exportador de soja en el mundo, y un buen porcentaje de ella va a la UE. Un programa de WWF se asegura de que el proceso es sostenible, pero hay voces que critican su efectividad.
En el este de Paraguay se extiende un mar de soja hasta donde alcanza la vista, interrumpido solo de vez en cuando por algún cultivo ocasional de maíz. Esta planta conocida a menudo como el “oro verde” cubre terrenos que hasta los años 60 estaban ocupados por espesa vegetación.
A pesar de ser un país pequeño y sin salida al mar en el centro de América del Sur, Paraguay ha crecido hasta convertirse en el cuarto mayor exportador de soja del mundo: los campos de soja cubren el 80 por ciento de sus terrenos cultivables. La creciente deforestación para el uso de la tierra con motivos agroindustriales ha despertado las protestas de activistas del medio ambiente, que defienden una producción de soja más ecológica y socialmente sostenible.
“La producción masiva de soja ha ocasionado una gran diferencia entre los pequeños agricultores y los grandes productores que solo buscan incrementar sus beneficios, y este es el problema en el que queremos trabajar”, dice Sumaia Cruzans, coordinadora de comunicaciones en la oficina de la organización medioambiental World Wildlife Fund (WWF) en Asunción, la capital de Paraguay.
¿Ayudan las certificaciones?
Gracias a la iniciativa Mesa Redonda sobre Producción Responsable de Soja (RTRS, por sus siglas en inglés), lanzada en 2006 por WWF, los productores de soja acceden a seguir estándares tales como evitar el cultivo en zonas con gran valor de conservación y mantener o reforzar el suministro de agua, tanto subterránea como de la superficie.
Paraguay, con una superficie de cultivos de soja de tres millones de hectáreas (tres veces mayor que en 1998), es uno de los cuatro países que participa en la iniciativa. En estos momentos, dos compañías en Paraguay cuentan con una certificación RTRS, lo que supone un total de más de 8.000 hectáreas protegidas, según WWF.
Una buena parte de la cosecha de soja se envía a la Unión Europea, mayoritariamente para servir como pienso para ganado y para contribuir a la creciente industria del biodiésel. Europa usa 34 millones de toneladas de soja al año, según Cruzans, y WWF trabaja con grandes industrias para hacer la producción tan sostenible como sea posible.
Muchos activistas medioambientales se oponen a la Soja Lista Multiusos de Monsanto, que supone el 95 por ciento de la producción de Paraguay.
Los críticos, no obstante, se preguntan cuál es el impacto real de esta iniciativa, que recientemente celebró su última conferencia el 8 de mayo en Foz de Iguazú, Brasil: ¿es posible que se trate de un negocio para hacer dinero aprovechándose de personas con conciencia medioambiental, o realmente es un programa con un propósito noble?
“El Estándar RTRS tiene valor, pero podría mejorarse mucho”, dice Jochen Koester, consultor de la Comisión Europea y de grandes comerciantes, y también parte del grupo de trabajo del RTRS original. “El RTRS es un sistema de ahorro de dinero para compañías que quieren dar una imagen de respecto con el medio ambiente”.
Las grandes compañías destinan 2.500 euros cada año a cambio de ser miembros corporativos del programa de soja sostenible, independientemente de si cumplen los debidos requisitos o no, dice Koester. Solo algunas de las compañías con etiqueta especial deben pasar exámenes in-situ una vez al año. Según Koester, las políticas medioambientales de esta red deberían ser más estrictas; el estándar actual permite la deforestación siempre que no se trate de bosques indígenas.
Sostenibilidad y modificación genética
Los críticos de la iniciativa también señalan que permiten el uso de soja modificada genéticamente. Una de las compañías miembro es Monsanto, cuya “Soja Lista Multiusos” (“Round-Up Ready Soybean”) supone el 95 por ciento de la producción de Paraguay.
La soja se cultiva casi exclusivamente en plantaciones en Paraguay, según Oxfam International. La soja de Monsanto se ha modificado genéticamente para tolerar el glifosato, un herbicida rechazado por ONG paraguayas e internacionales, así como organizaciones agrícolas, debido a su impacto negativo en la salud y el ecosistema. “Si un pequeño agricultor cuenta con 10 o 20 hectáreas de cultivo privado, pero ese terreno está rodeado de campos de soja, le resultará casi imposible plantar nada a causa del uso de este herbicida”, dice Nina Holland, del Observatorio Europeo Corporativo.
A pesar de ello, los cultivos géneticamente modificados son la única manera de satisfacer una demanda en aumento, según Luis Cubillo, asesor de la Cámara Paraguaya de Aceites Vegetales (CAPECO) y experto del RTRS. “El mundo necesita producir millones de toneladas de soja para alimentar a tantos millones de personas”, dice, “y la biotecnología es la mejor manera de conseguirlo.”
Expansión de los monocultivos de soja
Incluso las plantaciones que han acabado con pequeñas granjas o comunidades indígenas pueden llegar a ser miembros, según informó Holland en un informe basado en sus visitas a plantaciones de soja propiedad de una gran compañía productora que también es uno de los mayores participantes del RTRS en Paraguay: “El RTRS no va a hacer nada para acabar con los problemas que causa la expansión de los monocultivos de soja”, dice Holland. “Los pequeños agricultores prefieren no participar, al igual que la mayoría de las ONG”.
El proyecto tampoco parece ser de gran ayuda desde el punto de vista de las empresas. Según informa WWF en un informe publicado en la conferencia de RTRS, las empresas europeas solo han comprado la mitad de la soja producida con las certificaciones de RTRS o ProTerra, que es otro sistema parecido pero que no admite cultivos genéticamente modificados.
Los monocultivos de soja son una amenaza para la biodiversidad que puede llevar a la deforestación y el agotamiento de los terrenos, y las repercusiones sociales no son menos graves. El cultivo industrial de soja está desplazando a la población rural de Paraguay, según el centro de investigación social BaselS, en Asunción. En el país de menos de siete millones de habitantes, cerca de 9.000 familias emigran cada año de áreas rurales a las ciudades, a causa de la rápida expansión de las plantaciones. Muchos pequeños agricultores, a falta de una fuente de ingresos alternativa, a menudo venden sus derechos de propiedad a las grandes compañías, según un informe de 2013 de Osfam llamado “El espejismo de la soja”.
“Los problemas causados por los monocultivos de soja son tan grandes que no vamos a resolver nada simplemente ciñéndonos a los criterios de sostenibilidad”, concluye Holland.
Autora: Rachel Stern / lab
Editor: Pablo Kummetz

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